Balón en la Red: Hay que sentirlo para entenderlo…

Fuente: César Huerta

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No es que valga más. Un título es siempre glorioso para cualquier equipo. Significa la culminación de un esfuerzo colectivo. Es la cúspide del deporte. El premio máximo al que se puede aspirar. Pero cuando se trata de Chivas, además de todo eso, cada trofeo que se levanta tiene un sabor único. Especial. Distinto a lo que viven otros clubes. Que no tiene que ver con el logro en sí mismo, sino con un orgullo que sólo se puede entender cuando se siente.

El miércoles, en cancha de La Corregidora, el Guadalajara tiene una cita con la historia. Una oportunidad de emular su brillante pasado para enriquecer el presente. Final de la Copa MX. Un sólo partido, frente al Querétaro, que definirá quién es el campeón. Un certamen por muchos desdeñado. Por muchos minimizado. Pero no por el Rebaño Sagrado.

De vuelta a lo ya dicho, cuando se trata de Chivas, los títulos saben diferentes. No hay copas pequeñas si se habla del conjunto rojiblanco. ¿Por qué? En realidad es muy sencillo. Un campeonato del Guadalajara, sea el torneo que sea, trasciende más allá de lo meramente deportivo y toma matices más bien sociales, pues enaltece el símbolo de identidad más grande que tiene el equipo: el orgullo de ser mexicano.

Ver al capitán en turno del Rebaño Sagrado levantar un trofeo no es sólo estar frente a un club que ha alcanzado la cima. Encierra un sentimiento mucho más profundo. El futbol vive tiempos globalizados. Las fronteras del balompié prácticamente no existen. En Europa, por ejemplo, un comunitario no ocupa plaza de extranjero. Y así, es habitual ver cuadros ingleses con sólo uno o dos jugadores nacidos en ese país.

En México, los dueños del balón han decidido eliminar el límite de futbolistas foráneos. La regla 10/8 permite que un equipo tenga la posibilidad de plantar un 11 titular con 10 nacidos en el extranjero y sólo uno en tierra azteca. En ese contexto, Chivas se enfrenta semana a semana con clubes que procuran traer lo mejor de otras latitudes. ¿Significa eso una desventaja? No. Todo lo contrario: en esas condiciones se crece el orgullo rojiblanco.

Los detractores del club, que se cuentan por millones, dicen que la tradición de jugar únicamente con mexicanos es anacrónica. Nada más equivocado. Optar por el talento nacional no es una moda. Se trata de una convicción. Y las convicciones, tal como los ideales, son eternas. No dejarse absorber por la “modernidad” globalizada del futbol no es un acto de estupidez, sino de valentía.

Dicen también esos millones de “antis” que se trata de una costumbre xenófoba. Una equivocación más. La institución no profesa fobia alguna por los extranjeros. Prueba de ello es que en la banca ha tenido brillantes técnicos nacidos fuera del país que incluso han llevado al equipo a conquistar títulos. Pero en la cancha, la apuesta es por talento mexicano. Por tradición. Por identidad. Por convicción. Por orgullo… No por xenofobia.

Así, el presente moderno del futbol no sólo en México, sino a nivel global, lejos de perjudicar al Rebaño Sagrado, le ayuda a poner en alto su mayor símbolo de identificación con las masas. Le hace digno de admiración. Le hace único en el mundo. Entonces, su grandeza se vuelve a prueba de títulos o la ausencia de ellos. Chivas significa más que un resultado.

Y no por eso se deja de perseguir la gloria. El brillo de su pasado lo exige. Por eso, para el Guadalajara no hay “copitas” o “copotas”. Todo campeonato es importante. El que disputará el miércoles es valioso. Porque no es sólo un triunfo deportivo. Cuando se habla de Chivas, cada título representa socialmente el orgullo de saber que los mexicanos tienen calidad suficiente para vencer a cualquiera. Hay que sentirlo para entenderlo.

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